Ave Maria, gratia plena
cuando el día y la noche se encuentra se forman nuevos colores, oscuros para ser de día y claros para pertenecer a la noche, como él y su padre antes de él, Legado no pertenecía a la tierra tampoco al astral, como su madre, al final de sus días volvería ver a su padre era por esa razón que visitaba con más frecuencia donde yacían los restos de su madre, Sombra.
La piel tan clara, casi fantasmal era regalo de su padre, al
igual que su cabello negro y sus manos fuertes, manos para sostener el pecado
del mundo, le había dicho su madre años antes de su muerte. Legado sentía pena
de que el único rasgo de su madre no lo podía apreciar tan fácil. Sus ojos,
oscuros, profundos, tristes y vacíos eran el regalo que su madre le dejo y él
esperaba que, como los ojos de su madre, se llenaran al ver su amor.
Solo con su último aliento, Sombra confeso quien era su
padre, algo que ya sospechaba él pero que era una novedad para Cazador, que al
encontrarse su madre una muerte temprana tuvo que lidiar con Legado, llevando
al infante a burdeles y moteles de mala muerte, bajo la mirada furiosa de
extraños. Sombra murio antes de haberle
enseñado viajar en los astrales, incluso antes de haber descubierto de que podía
hacerlo; pero le dejo conocimientos en sus diarios. Diarios donde ella relataba
como sentía a la muerte ir detrás de ella. Sombra incitaba a su hijo a no hacer
tratos con nadie, de no dejarse llevar por los pecados de Cazador y que
ignorara a la iglesia y a sus promesas vacías.
Pero Sombra si le había dejado algo muy valioso a su pequeño
Legado: el arameo, una lengua muerta y perdida que solo pocos sabían hablar. El
arameo había sido su segunda lengua, la primera el latín pues Cazador había insistido
en ello. Las lenguas de los hombres habían venido después. Era gracias a su
madre que Legado había derrotado a los jinetes. Era gracias a su padre que Legado había conocido
a Dios. Y fue por las enseñanzas de sus padres que Legado cobraría venganza por
la muerte de ellos.
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