miércoles, 16 de septiembre de 2020
Un lugar seguro.
lunes, 7 de septiembre de 2020
Sentí a la muerte sobre mis hombros, su gélido aliento sobre mi mejilla. Con su voz cortante me pidió que la siguiera, lo hice; lo que me mostró me helo la sangre.
Entre restos de excrementos, basura, vómito y otros fluidos humanos yacían los huesos de un joven, su carne había sido comida, desgarrada de su esqueleto. pero antes de ser devorado, la muerte me mostró lo que él vivió.
Él tenía miedo, fue llevado a una habitación donde olía a muerte, en el suelo había sangre seca junto con basura y demás porquerías, lo ataron a una silla y le golpeaban, lo obligaron a hacer sexo oral, ha masturbarlos, ha violar a una mujer, lo obligaron a beber sus fluidos y a comerlos también, no les basto que él joven se desmayara, a ellos nada le bastaba.
Lo desataron, de nuevo lo golpearon, él ya no veía sus ojos habían sido sacados y devorados con un vino blanco; su ropa antes impecable era ahora girones, quería apartar la mirada pero la muerte no me dejo. Le arrojaron agua fría, caliente, limpia y sucia... no les importaba que sufriera pues así "su sabor" mejoraría. Hay que violarlo, dijo uno; mejor lo destrozamos, sugirió otro, así lo hicieron. Insertaron en él cuanto objeto ellos querían, el joven solo era ahora un costal de carne que en su dolor había dejado de sentir y solo era.
Pude ver a la misma muerte que ahora me abrazaba acercarse a lo que quedaba del joven, piadosa y amorosa le tendió la mano, vi la alma de aquel muchacho tomar la mano que le tendían, no volteo a ver su cuerpo, su alma brillaba, el cuerpo perdió el hilo de vida y vi a sus labios destrozados y deformes sonreir. Los crueles secuestradores abrieron el cuerpo y sacaron sus entrañas, uno de ellos (el que comió sus ojos) fue el primero en morder lo y arrancar un pedazo de carne, apenas y mastico, la sangre escurría de su mentón. La sangre todo lo marcaba de rojo brillante, era una advertencia para todos los que lo miraran, era como si aquel joven en su última voluntad quisiera advertir a todos del peligro.
Los monstruos seguían devorando entre risas y vino, entre sexo y tortura, excretando en los huesos, profanando los restos, burlándose del joven. Solo entonces la muerte me dejó apartar la vista y ver a mi alrededor, no era la única ahí, no era la única cuyo corazón bombeaba sangre fría y cuyo estómago se encontraba revuelto; mi mente trabajo de rápida manera y unió los hilos sueltos que la muerte me había dado, todos los que estábamos ahí apenas de pie tenemos algo en común con los restos de aquel muchacho... La muerte se apiadó de nosotros y de él... nos advirtió que podríamos ser los siguientes...