viernes, 30 de septiembre de 2016

erase una vez 9

Tabitha se quedo dormida en su pecho, su nariz estaba roja debido al frio, un suspiro escapo de los labios de ella, Damon sonrió, el había sonreído mas en estos dos días que en los últimos 6 años.
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Aun recuerdo como fueron esos primeros  días, en los que no recordaba a Damon pero en el tercer día de viaje hacía el castillo de L'orian lo recordé, recordé todo, mis padre, mis hermanos, mi nana y a Damon… a MI Damon. Ese día en que lo recordé fue el más feliz y triste.
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-           Damon ¿ya vamos a llegar? – pregunto Tabitha por tercera vez  en media hora.
-           Si todo sale bien llegaremos para el atardecer.- le contesto pacientemente Damon.
Habían viajado por tres días, un viaje cortó en comparación de todos los otros sitios a los que Damon había ido. Se sentía seguro este recorrido lo había hecho antes, pero lo que ellos no sabias era que no estaban solos.
Viajaron   media milla antes de que la primera flecha saliera despedida de un arco enemigo e hiriera al conductor del carruaje en el que iba Damon y Tabitha. Los caballos se asustaron y salieron a la carrera. Dentro del carruaje Damon abraza a Tabitha para poder protegerla de los bruscos movimientos. Afuera Dimka gritaba órdenes, los soldados arremetían con espadas  y arcos a sus atacantes. Cuando por fin el carruaje se detuvo Damon soltó a la niña y bajo del carruaje con la espada desfundada.

Mercenarios pensó Damon, esa era la única razón de que los atacara, todos conocían  la razón de sus interminables viajes, pero esta no era una batalla que él quisiera perder; por fin la había encontrado, no iba a morir ahora, no murió entonces, y ahora menos cuando por fin tenía a Tabitha tan cerca de casa. Ataco y mato a los mercenarios que se atrevían a acercarse al carruaje, aun sobre el sonido de la batalla podía escuchar los llantos de su pequeña, los mismos que escucho ese día en que se la llevaron, su cuerpo se lleno se ira, clavo la espada en el pecho de uno de los mercenarios, cuando se volteo para ver si Tabitha estaba bien se detuvo en seco. La tenían. Ese fue su único pensamiento cuando un hombre alto salía del carruaje con una muy asustada Tabitha.

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