Capítulo 3 adveniat Regnum Tuum
Siempre camino solo, en la oscuridad de la noche, en la
calidez del día. No conoció palabras amables durante su infancia, no hubo mano
que le guiara en el camino. La oveja perdida. Él hijo no deseado. El Cazador.
Tentado durante sus horas de sueño, las súcubos lo sumergían
a los placeres carnales. La iglesia a la cual protegía negaba su existencia, el
Padre que tanto amo, no lo escuchaba. Solo en el bajo astral el Cazador podía descansar.
El Padre celestial en su avaricia de llevar su reino creo a Cazador, ni hombre,
ni ángel o demonio, arrojándolo a la tierra donde no conoció amor, negado en el
cielo, abrazo a las tinieblas. Sin embargo, Cazador era consciente de su poder
y presto sus servicios a una iglesia corrupta a la temprana edad de 12 años.
Años después se liberó del Cónclave. A sus 27 años conoció a la Sombra una
niña-mujer a punto de suicidarse y vio en ella un peón para su jugada contra el
Creador.
Dulce sabor de la sangre, sublime el color de las llamar, melódico
sonido de los gritos antes de morir. Cazador contempló su obra y sonrió con
aquella frialdad que hacía a Sombra suspirar.
Aquellos que ardían en llamas eran los corderos perdidos de la iglesia,
hombres “de dios”, hombres que habían matado, torturado, violado a niños,
niñas, mujeres y hombres sin piedad. Se reunían bajo la excusa de ser
bienaventurados y dar caridad a los desamparados.
-
Oh Padre, recibe sus podridas almas en tu
miserable paraíso
La voz de Cazador hizo eco en aquel reino, varias voces se
levantaron en protesta, ¿Cómo era posible que sus plegarias sean oídas por el gran
Padre?, pero hubo algunos que volvieron sus oídos sordos y eran ellos quienes sabían
la verdad. Cazador moriría como cualquier otro mortal, pero no iría al cielo o
al infierno. Cazador no era carne de su carne ni sangre de su sangre. Cazador
era su igual y cuando él se diera cuenta su reino se derrumbaría.
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